Hay experiencias que son difíciles de explicar.
Sentís ansiedad, pero no sabés bien por qué. O sí lo sabés… y aun así no cambia.
Muchas personas viven esto: entienden lo que les pasa, pero siguen sintiéndolo igual.
Y eso suele generar más frustración: “si ya sé que no tiene sentido, ¿por qué no se me va?”
La ansiedad no funciona por lógica.
No alcanza con entenderla.
Podés saber que algo no es peligroso —una situación social, una decisión, una conversación— y aun así sentir ansiedad. No es un error. Es cómo funciona.
El problema no es que aparezca, sino lo que hacés cuando aparece.
Muchas veces se arma un círculo que se repite:
aparece la ansiedad, intentás controlarla o evitarla, no funciona, aumenta la frustración… y la ansiedad vuelve con más fuerza.
Cuanto más tratás de sacártela de encima, más lugar ocupa.
El cambio no empieza cuando la ansiedad desaparece.
Empieza cuando cambiás la forma en que respondés a eso que sentís.
No se trata de dejar de sentir ansiedad, sino de que deje de definir lo que hacés.
Poner en palabras lo que pasa es un primer paso.
Pero el proceso sigue en cómo te relacionás con eso y en las decisiones que empezás a tomar, incluso cuando es incómodo.
La terapia es un espacio para trabajar justamente eso: no eliminar lo que te pasa, sino cambiar la forma en que respondés, para que puedas empezar a vivir de una manera diferente.
Si sentís que esto te pasa, es algo que se puede trabajar.

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